Todas las noches mi hijo, antes de dormir y despues de leer, me pide religiosamente tres historias. Me gusta inventar cuentos y en realidad a veces logro arrancarle al loquito risas que alimentan mi imaginación. Pero el que sabe contar historias es mi papá.
Para él es fácil. Mi papá no tiene que inventar nada; toda su vida es una historia que parece de mentiras.
Nacido en la ciudad, huérfano de madre a los nueve, criado en el campo por una tía, dado por muerto cuando era adolescente, paseando de hacienda en hacienda como jornalero hasta cruzar fronteras, infinidades de trabajos y oficios... Mi papá sólo escogía un segmento de su vida, lo exponía y la cosa le salía como un delicioso cuento corto.
Del como un Zorrillo baño a un compañero cuando era mesonero en el Hotel Humbolt (si el mismo del Avila), de como encontró un pozo que echaba humo con peces dorados en una cueva en el campo cuando venía de la escuela, de la vez que se cortó un pie con un hacha que un primo dejo boca arriba debajo de un árbol a manera de broma, de cuando dejó de fumar por que vió un ferrocarril y se le pareció a el, de mi tio el mocho que una vez apostó la prótesis jugando billar (la de la pierna derecha que la perdió jugando en las líneas del tren), de la vez que lo llevaron preso por responderle a un policía, de como entró a la academia de la Guardia Nacional y la cosa era tan fea que en el primer permiso que tuvo se escapó, de como dormía en un ataud cuando trabajaba en una funeraria en los andes y casi mata de un susto al dueño, de como cuando pidió la mano de mi mamá en el patio y mi abuelo le preguntó que "¿qué tenía?" y mi tio Joselín salió del baño diciendo "¿papá y usted que tenía cuando se casó?, ...
Viéndola bien, al final de todo, lo interesante de la vida es poder contarla. Echa un cuento entonces, que algo queda.
Wednesday, March 3, 2010
Wednesday, February 17, 2010
Ponga lo que usted quiera
Nunca tuve problemas de disciplina en mis doce años en el Jesús Obrero, pero en una ocasión me llamaron al representante. Que como ocurre en casi todas las familias, era mi mamá. El asunto tenía que ver con un profesor que no le gustó que yo, estando en noveno año, pusiera en evidencia que el pedagogo no tenía claro como usar gráficas. Este profesor se aprovechó de un cruce de palabras que tuve con un seminarista para llamar a mi señora madre a la seccional. El intercambio verbal con el discípulo de Loyola me lo permití basicamente porque eso nos enseñaban: que todos eramos iguales, inclusive a la hora de reclamar.
Era el viernes antes de la Semana Santa y con todo el dolor de mi alma (tenía una invitación de un tío para Margarita), al llegar a Casalta le conté lo sucedido a la Señora Imelda. Ella me dijo que me fuera tranquilo. El lunes siguiente de Domingo de resurección ella fue y habló con el seminarista. No vale la pena entrar en detalles en esa discusión, pero en honor a la verdad en todo el lío el único que uso grocerias fue ese señor. Ese día el profesor de las gráficas no apareció por ningún lado, así que mi mamá se fue. Más tarde, al enterarse que no pudo hablar con ella, el tipo exigió que tenía que verla el día siguiente.
Mi mamá llena de paciencia (uno de sus atributos) volvió a ir al colegio. En la seccional escuchó atentamente lo que dijo el profesor. Como respuesta ella simplemente dijo que en nueve años solamente había escuchado comentarios positivos acerca de mi y que no creía que súbitamente yo hubiése cambiado.
Y acá fue cuando la cosa se puso épica.
El profesor dijo:
-Lo siento señora pero va a tener que firmar el libro de vida.
Mi mamá calmada respondió:
- Lo siento pero yo no creo que eso sea necesario, así que no voy a firmar nada.
El profesor añadió:
- Bueno si usted va a asumir una actitud rebelde como la de su hijo tendré que dejar sentado por escrito en el libro que usted no quizo firmar.
Entonces mi mamá en un tono lapidario finalizó:
- Ponga lo que usted quiera. Y si eso es todo, que tenga un buen día.
Ella se paró, se volteó y salió de la oficina. Yo la seguí corriendo, con un cocktail de emociones -júbilo, susto, alegría y orgullo-. La acompañé hasta la salida del liceo, no nos dijimos nada. Le pedí la bendición y me regresé sonriendo, pensando que cuando fuera grande y tuviera hijos quería ser como ella.
Era el viernes antes de la Semana Santa y con todo el dolor de mi alma (tenía una invitación de un tío para Margarita), al llegar a Casalta le conté lo sucedido a la Señora Imelda. Ella me dijo que me fuera tranquilo. El lunes siguiente de Domingo de resurección ella fue y habló con el seminarista. No vale la pena entrar en detalles en esa discusión, pero en honor a la verdad en todo el lío el único que uso grocerias fue ese señor. Ese día el profesor de las gráficas no apareció por ningún lado, así que mi mamá se fue. Más tarde, al enterarse que no pudo hablar con ella, el tipo exigió que tenía que verla el día siguiente.
Mi mamá llena de paciencia (uno de sus atributos) volvió a ir al colegio. En la seccional escuchó atentamente lo que dijo el profesor. Como respuesta ella simplemente dijo que en nueve años solamente había escuchado comentarios positivos acerca de mi y que no creía que súbitamente yo hubiése cambiado.
Y acá fue cuando la cosa se puso épica.
El profesor dijo:
-Lo siento señora pero va a tener que firmar el libro de vida.
Mi mamá calmada respondió:
- Lo siento pero yo no creo que eso sea necesario, así que no voy a firmar nada.
El profesor añadió:
- Bueno si usted va a asumir una actitud rebelde como la de su hijo tendré que dejar sentado por escrito en el libro que usted no quizo firmar.
Entonces mi mamá en un tono lapidario finalizó:
- Ponga lo que usted quiera. Y si eso es todo, que tenga un buen día.
Ella se paró, se volteó y salió de la oficina. Yo la seguí corriendo, con un cocktail de emociones -júbilo, susto, alegría y orgullo-. La acompañé hasta la salida del liceo, no nos dijimos nada. Le pedí la bendición y me regresé sonriendo, pensando que cuando fuera grande y tuviera hijos quería ser como ella.
Thursday, January 28, 2010
Una noche de esas
El litro de leche venía en un cartón azul. Era Carabobo. En realidad no era un litro, el paquete lo decía clarito: 750 ml. Desde pequeño he tenido la costumbre de leer el envoltorio de casi todo (y creo que mi hijo lo heredó). De todas formas mi mamá me daba un fuerte y me mandaba a comprar el litro de leche y 2,50 en pan francés. Yo bajaba los siete pisos, cruzaba al lado de la cancha, bajaba las escaleras que llevaban al Bloque 30 y al final volteaba a la derecha. La Panadería se llamaba Flor de Casalta. Y para hacer honor a las cosas, todos los que trabajaban en la panadería eran de ascendencia portuguesa.
El pan caliente salía como a las 5:00. Yo bajaba un poco antes para poder regresar y ver Mazinger. Los panes eran 4 por Bolívar. Pero no siempre yo regresaba con diez panes. En ocasiones sólo traía nueve y subía las escaleras masticando un Papa-Upa de medio.
La cena era frente al televisor. Se acababa conmigo lavando los platos y mi hermana secándolos, o viceversa. Con tiempo suficiente para otro poco de televisión, preparar el uniforme, los cuadernos, y acostarse a dormir. Era fácil tener nueve años.
El pan caliente salía como a las 5:00. Yo bajaba un poco antes para poder regresar y ver Mazinger. Los panes eran 4 por Bolívar. Pero no siempre yo regresaba con diez panes. En ocasiones sólo traía nueve y subía las escaleras masticando un Papa-Upa de medio.
La cena era frente al televisor. Se acababa conmigo lavando los platos y mi hermana secándolos, o viceversa. Con tiempo suficiente para otro poco de televisión, preparar el uniforme, los cuadernos, y acostarse a dormir. Era fácil tener nueve años.
Sunday, December 20, 2009
La Cuarta
Ayer tuvo lugar la cuarta. La primera fue de Bachiller; la segunda de Bombero; la tercera de Ingeniero; y esta última fue de Doctor.
Otro papel para la señora Imelda.
Otro papel para la señora Imelda.
Tuesday, November 10, 2009
Déjelo que repique
Recuerdo que al principio no había teléfono en la casa. Ciertamente me daba envidia los vecinos del 07-01 (el apartamento de al lado) que lo tenían desde tiempos inmemoriales. Los Vallejo tenían un número de teléfono de 6 dígitos (89-XX-XX) de esos que ya no existen. Al tiempo, la instalación del dichoso aparato de disco en la casa trajo consigo una serie de mitos y normas. No lo recuerdo todo, pero voy a tratar de hacer una lista acá. Cada quién llame mito o norma lo que más crea conveniente. Si alguien recuerda alguna, déjeme saber y la incluiré:
Mitos y normas
- Todos los teléfonos son grises.
- Nunca se contesta el teléfono antes de al menos tres repiques largos (medio repiques no cuentan). Básicamente, la llamada tiene que agarrar "fuerza" y tomar control del aparato.
- Apenas repique el teléfono, si está prendido, se le debe bajar volumen al televisor.
- El teléfono se contesta: "Aló, buenos(as)días (tardes, noches). Con quién desea hablar?". Jamás se contesta con: "Aló, quién es?"
- Si la persona a quien se busca no es de la casa, simplemente se dirá: "Está equivocado". No es necesario dar más información.
- El disco tiene su velocidad de retorno. Si quiere terminar de marcar en poco tiempo la única solución era empezar a marcar antes. Si se usa el dedo para acelerar el retorno del disco, el teléfono se puede dañar.
- El teléfono también es un objeto de decoración. Así que se desempolvará cuando se limpie la casa y además llevará dos "carpeticas" tejidas. Una debajo y una encima para protegerlo del polvo que ya se limpió.
- El "churrusco" no debe tener nudos, porque se ve feo.
- Se vale asustarse a medianoche por un repique de teléfono. Casi nadie llama a esa hora para avisar que se ganó la lotería. Si te toca responder, también te va a tocar echarle el cuento a todos en la casa por que cada uno de ellos se va a levantar y te va a preguntar.
- Nunca pidas la bendición sin estar absolutamente seguro de que al otro lado te está hablando tu tío(a) (mi hermana era especialista en romper esta regla).
- En todo momento se debe estar pendiente que el teléfono no esté "mal colgado". Porqué eso no solamente evita que una llamada entre, sino que también abulta la cuenta.
- Si llegaste a la adolescencia y hablas con tu novia(o) por teléfono, por cada minuto de conversación tus papas te van a reclamar por tres minutos.
- No hables por teléfono durante una tormenta, porque si cae un rayo te puedes electrocutar (al parecer estos fenómenos meteorológicos son bastantes chismosos).
- A menos que sea una emergencia, tienes que informar "Mamá, voy a llamar a Sutanito". Lo más seguro es que vas a tener que explicar el porqué y tu mamá te va a dar la respuesta ahorrándose entonces la llamada.
- Si tus padres usan lentes; felicidades, ahora eres el marcador de números oficial: "Hágame el favor y le marca allí a la Señora Eliana y me la pasa".
Mitos y normas
- Todos los teléfonos son grises.
- Nunca se contesta el teléfono antes de al menos tres repiques largos (medio repiques no cuentan). Básicamente, la llamada tiene que agarrar "fuerza" y tomar control del aparato.
- Apenas repique el teléfono, si está prendido, se le debe bajar volumen al televisor.
- El teléfono se contesta: "Aló, buenos(as)días (tardes, noches). Con quién desea hablar?". Jamás se contesta con: "Aló, quién es?"
- Si la persona a quien se busca no es de la casa, simplemente se dirá: "Está equivocado". No es necesario dar más información.
- El disco tiene su velocidad de retorno. Si quiere terminar de marcar en poco tiempo la única solución era empezar a marcar antes. Si se usa el dedo para acelerar el retorno del disco, el teléfono se puede dañar.
- El teléfono también es un objeto de decoración. Así que se desempolvará cuando se limpie la casa y además llevará dos "carpeticas" tejidas. Una debajo y una encima para protegerlo del polvo que ya se limpió.
- El "churrusco" no debe tener nudos, porque se ve feo.
- Se vale asustarse a medianoche por un repique de teléfono. Casi nadie llama a esa hora para avisar que se ganó la lotería. Si te toca responder, también te va a tocar echarle el cuento a todos en la casa por que cada uno de ellos se va a levantar y te va a preguntar.
- Nunca pidas la bendición sin estar absolutamente seguro de que al otro lado te está hablando tu tío(a) (mi hermana era especialista en romper esta regla).
- En todo momento se debe estar pendiente que el teléfono no esté "mal colgado". Porqué eso no solamente evita que una llamada entre, sino que también abulta la cuenta.
- Si llegaste a la adolescencia y hablas con tu novia(o) por teléfono, por cada minuto de conversación tus papas te van a reclamar por tres minutos.
- No hables por teléfono durante una tormenta, porque si cae un rayo te puedes electrocutar (al parecer estos fenómenos meteorológicos son bastantes chismosos).
- A menos que sea una emergencia, tienes que informar "Mamá, voy a llamar a Sutanito". Lo más seguro es que vas a tener que explicar el porqué y tu mamá te va a dar la respuesta ahorrándose entonces la llamada.
- Si tus padres usan lentes; felicidades, ahora eres el marcador de números oficial: "Hágame el favor y le marca allí a la Señora Eliana y me la pasa".
Saturday, October 17, 2009
Nueva tradición
Cuando cumplí 8 años mi mamá me regaló una franela que decía: "Muérete que chao!" Era una frase que se usaba para entonces, y creo que ella quería estar "a la moda". Tengo que confesar que en realidad no me gustó mucho el regalo. Creo que eso de regalarle ropa a un niño como que siempre ha sido de mal gusto. Ella me dió la franela en la tarde. Después de regresar del colegio. En la mañana me felicitó, justo antes de salir de la casa. Como siempre que era mi día.
En otro cumpleaños, creo que fué el décimo. Me regalo un radio con forma de pelota de futbol. Yo no escuchaba radio. Pero la forma curiosa de este, me gustó mucho. Por supuesto que una vez que se le agotaron las pilas, sólo sirvió para ser destrozado. En mi afán de destripar aparatos.
También recuerdo las ametralladoras que me regaló en dos cumpleaños consecutivos (el mismo modelo). Que tenía una bala que parecia moverse en una ventana en el medio del arma. Ambas terminaron despedazadas, pero jamás me revelaron como hacía el fulano mecanismo para dar la sensación de movimiento.
Ya no recuerdo más regalos. Creo que porque llegó un momento en que me daba dinero (un billete de veinte bolívares de los verdes), para que yo comprara lo que quisiera.
Para este cumpleaños voy a empezar una tradición, me voy a regalar una franela que diga exactamente lo que decía la que ella me dió hace 26 años. Y seguro que algún conocido (ya entrado en años) me va a preguntar que de donde la saqué. Sólo le diré que me la regaló mi mamá de cumpleaños, y ya.
Muérete que Chao!
En otro cumpleaños, creo que fué el décimo. Me regalo un radio con forma de pelota de futbol. Yo no escuchaba radio. Pero la forma curiosa de este, me gustó mucho. Por supuesto que una vez que se le agotaron las pilas, sólo sirvió para ser destrozado. En mi afán de destripar aparatos.
También recuerdo las ametralladoras que me regaló en dos cumpleaños consecutivos (el mismo modelo). Que tenía una bala que parecia moverse en una ventana en el medio del arma. Ambas terminaron despedazadas, pero jamás me revelaron como hacía el fulano mecanismo para dar la sensación de movimiento.
Ya no recuerdo más regalos. Creo que porque llegó un momento en que me daba dinero (un billete de veinte bolívares de los verdes), para que yo comprara lo que quisiera.
Para este cumpleaños voy a empezar una tradición, me voy a regalar una franela que diga exactamente lo que decía la que ella me dió hace 26 años. Y seguro que algún conocido (ya entrado en años) me va a preguntar que de donde la saqué. Sólo le diré que me la regaló mi mamá de cumpleaños, y ya.
Muérete que Chao!
Thursday, October 15, 2009
Caribú
El uniforme de la primaria era clásico: jean azul y camisa blanca. La camisa blanca tenía un bolsillo al que se le debía colocar la insignia del colegio. Primero fue una insignia plástica que se abrochaba con una pinza tipo caimán. Luego aparecerían las insignias bordadas que se cosían al bolsillo.
En mi caso el blue jean por excelencia era Colombiano, marca Caribú.
Cuando iba con mi mamá a comprar el jean para el uniforme era un fastidio para mí. Tenía que probarme y medirme como diez pantalones antes de terminar comprando sólo un jean. La cosa era que tenía que seguir usando el pantalón del año pasado y en algunos casos del antepasado.
Debo aclarar que los jeans Caribú parecían estar hechos de un material mágico que parecía jamás romperse, sólo se decoloraba. Así que como yo nunca engordaba (y tampoco era que crecía mucho), mi mamá lo que hacía era "bajarle el ruedo" al pantalón y listo. Ya me servía para el nuevo grado.Entonces los pantalones usados eran para el día a día, y el nuevo era para usarlo en ocasiones especiales (izar la bandera, presentaciones, paseos y demás). Claro que había que "amansar" los pantalones nuevos. Porque el algodón que usaban para hacerlos tenía complejo de cartón piedra. Así que las primeras veces que los usabas eran bastante incómodos.
El resto del tiempo yo andaba vestido por allí con unos pantalones de otros años que tenían unos aros blancos cerca de la bota. Cómo si yo fuera un árbol, cada aro significaba un año. Para el ojo observador era fácil decir que tan viejos era los pantalones que estaba yo usando. Lo bueno era que nunca los pantalones pasaban de tres aros. Y lo mejor de todo era que era difícil encontrar un niño sin aros en las botas, así que nadie lo notaba.
En mi caso el blue jean por excelencia era Colombiano, marca Caribú.
Cuando iba con mi mamá a comprar el jean para el uniforme era un fastidio para mí. Tenía que probarme y medirme como diez pantalones antes de terminar comprando sólo un jean. La cosa era que tenía que seguir usando el pantalón del año pasado y en algunos casos del antepasado.
Debo aclarar que los jeans Caribú parecían estar hechos de un material mágico que parecía jamás romperse, sólo se decoloraba. Así que como yo nunca engordaba (y tampoco era que crecía mucho), mi mamá lo que hacía era "bajarle el ruedo" al pantalón y listo. Ya me servía para el nuevo grado.Entonces los pantalones usados eran para el día a día, y el nuevo era para usarlo en ocasiones especiales (izar la bandera, presentaciones, paseos y demás). Claro que había que "amansar" los pantalones nuevos. Porque el algodón que usaban para hacerlos tenía complejo de cartón piedra. Así que las primeras veces que los usabas eran bastante incómodos.
El resto del tiempo yo andaba vestido por allí con unos pantalones de otros años que tenían unos aros blancos cerca de la bota. Cómo si yo fuera un árbol, cada aro significaba un año. Para el ojo observador era fácil decir que tan viejos era los pantalones que estaba yo usando. Lo bueno era que nunca los pantalones pasaban de tres aros. Y lo mejor de todo era que era difícil encontrar un niño sin aros en las botas, así que nadie lo notaba.
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