Sunday, February 5, 2012

El Dinero

El dinero en la casa estaba en la mesa de noche de mi papá. Allí encima. Dentro de una bolsa de las que los bancos usaban antes para dar las monedas. En una de esas bolsas, mi papá ponía el dinero que ganaba diariamente. Sin contar lo que metía en la bolsa ni tampoco lo que ya había antes. Esos billetes y monedas eran - como debería ser todas las cosas en esta vida - simplemente de la persona que lo necesitara. Mi mamá sacaba dinero para compras. Mi hermana y yo sacábamos dinero para comprar papel lustrillo, pega, cartulina, o cualquier cosa que necesitáramos en la escuela. Y eventualmente mi papá sacaba dinero para guardar en el banco (Finalven). No había tarjetas de débito o crédito, nada de cheques (siempre me costó entender lo de un papel donde uno ponía el monto que quería y ya), sólo efectivo.
Cada día mi mamá sacaba cuatro bolívares y nos daba dos a cada uno para comprar un refresco en la merienda. Con ese dinero, nosotros ahorrábamos y comprábamos lo que queríamos. Así que mi idea acerca del dinero era más bien utilitaria. Algo que era necesario y que se debía trabajar por ello, pero no ese objeto de culto que es para algunos.
El problema es que todavía pienso así.

Saturday, January 7, 2012

La vasenilla

En el tiempo de los abuelos (al menos de los míos), los baños no se encontraban dentro de las casas. Las casas se diseñaban de tal forma que el lugar para tomar una ducha o hacer "del cuerpo", estaba en el patio; lejos de la casa. Así que durante las noches, la gente no salía a agarrar sereno (otro día explico qué es eso) para ir al baño sino que usaba su vasenilla.
La vasenilla es un artefacto que hoy en día lo usan sólo los niños que están aprendiendo a hacer sus necesidades. Se trata de una "ponchera" que varia de tamaño (dependiendo del tamaño del dueño) y que usualmente era de "peltre" (metal recubierto con una capa de pintura con una contextura de cerámica).
En mi casa, que era un apartamento y el baño estaba bastante cerca de las habitaciones, cada quien tenía su vasenilla. Era algo así como una tradición (que violaba muchas reglas higiénicas). Todas las vasenillas eran azules y de plástico (Manaplás).
Uno se paraba a medianoche, semidormido y buscaba la vasenilla para orinar. Acto que se realizaba en completa obscuridad y muchas veces sin ni siquiera abrir los ojos. La mañana siguiente la vaciaba en el inodoro y la limpiaba.
Por supuesto, que tener un artefacto para colectar desechos cerca de la cama no es muy recomendable; especialmente si el usuario es un niño.
Para no entrar en detalles, hay tradiciones que son mejores dejar en el pasado. Y sólo usarlas como ejemplo de que no todo tiempo pasado fue mejor.

Wednesday, August 31, 2011

Vuélvasele a montar

Luis Francisco, el que trabajó en la tabaquera como celador y compró hasta 4 casas con sueldo de obrero. Ese que solamente terminó primer grado y tenia la mejor letra cursiva que he visto. El que contaba que se iba al monte con una maleta llena de espejos y peines y vendía hasta la maleta para hacer dinero. Ese señor que sobrevivió dos derrames cerebrales y que no quería que le botaran nada. Mi abuelo que todo lo arreglaba con un mecate y un par de clavos y que tiraba acometidas eléctricas sin saber a ciencia cierta lo que hacia. Don Francisco, que regaba las matas todos los días a las cinco de la tarde después de tomarse el café con leche del "puntal"; justo después de la siesta. El papá de mi mamá, que tuvo que sufrir su pérdida con todos nosotros. Ese señor que se casó dos veces y tuvo 11 hijos, criando tres más. Y que cuando se tomó su último retrato pidió que le pusieran corbata, aunque tenía una chemise.
Luis Francisco, sólo recuerdo una de tus frases "mijo, si la burra lo tumba, vuélvasele a montar".

Thursday, August 25, 2011

Compulados

Los loros de la tía Oliva veían televisión toda la tarde. Ella ponía a cada uno (por que eran dos) en una silla en frente del aparato, para que aprendieran palabras. Pero lo único que yo les escuchaba decir era "eres tú el tesoooorooo de mamaaaaá". Lo cual resulta curioso, porque nunca escuché esa canción en la televisión.
Los loros también repetían lo que escuchaban por la reja: ¡Un helado de Coco, Señora Oliva! Porque mi tía vendía helados. Y los de Coco y Limón eran su especialidad. Así que todo el mundo en Turmero conocía sus refrescantes helados.
Ella, y mi tío Ramón eran los heladeros oficiales de la cuadra. Y ciertamente se merecían respeto, por que nunca he visto en otro lugar que vendan helados de mamón (si tienes idea de la fruta a la que me refiero -Melicocca bijuga- sabes que es casi imposible hacer jugo de esa semilla). Pero los tíos eran millonarios en paciencia, y podían hacer helados de casi cualquier cosa.
Mi hermana y yo queríamos una computadora. Ya estábamos cansados de usar Tipex (el de papelito o el de brochita) en la máquina de escribir para enmendar reportes de laboratorio o cualquier otro trabajo. Por esos días, la 486 era el top de la línea. Pero nuestro papá no podía pagar algo como eso (incluyendo el monitor VGA y la impresora EPSON LX810). Así que la tía Oliva, con sus helados y sus loros nos ayudó.
No recuerdo cuanto nos dió, pero fue suficiente para la computadora. Así que desde entonces, cualquier computadora me sabe como a Coco (o si la cosa esta muy peluda, a mamón).

Wednesday, June 1, 2011

Viejito

Cenando con mi hijo le pregunté que si cuando yo estuviera viejito y feo el me iba a querer. Me respondió que si, y después me preguntó que si cuando él fuera viejito y feo yo lo iba a querer.
Yo sonreí y sólo le dije: por supuesto.

Saturday, April 9, 2011

La franela voladora

Fue en vacaciones. En la casa de mi abuelo en Cúcuta. Más bien en el patio de la casa de al lado, que también era de él y la alquilaba a una familia de una madre sola con múltiples hijas y de un solo hijo. Las noches de agosto eran de jugar dominó, basket, cartas o simplemente hablar tonterias debajo del almendro o el mamón que adornaban el frente de las paredes verde-amarillas de esas dos casas. Las hermanas de al lado, mis tios, tias, primos, y primas. Por supuesto que las vacaciones de Diciembre eran mucho mejor. En las fiestas se sacaban los muebles para poder bailar, y eso se hacía hasta que el sol aparecía otra vez.
Aunque no recuerdo muy bien, creo que fue en uno de esos bailes. Eran los tiempos de Natusha, Diviana, y toda la locura del Merengue de finales de los 80s y principios de los 90s. Ella, con una sonrisa que competía con su cabello y una actitud de chica mala. Era la menor de las hermanas y, demás está decirlo, la más linda tambíén.
Salimos un par de veces. Como buen estudiante de bachillerato, yo vivía con un presupuesto más bien corto. Así que las cosas que hacíamos juntos eran simples e implicaban muchas caminatas. De todas formas, la pasábamos de lo mejor.
Al final de esas vacaciones, yo no sabía que darle para que me recordara así que opté por dejarle mi franela favorita.
Era blanca y sin mangas (se las quité yo mismo, por lo de la moda y el lío) y tenía al frente a Ronald Reagan sonriente y preso. La figura era en blanco y negro y su uniforme de preso tenía la bandera de los USA a colores (yo todavía estaba en la nota de luchar contra el sistema).
Yo me devolvía a Caracas temprano y decidí lo de la franela en la noche así que no se la pude dar personalmente. Entonces me aproveché del hecho de que los patios de las casas se comunicaban y lancé la franela con todo y el presidente #40 de los EEUU al otro lado de la pared.
Al parecer ella la recibió y la usó hasta que la pobre franela no pudo más. Y su mamá y sus hermanas se rieron de lo lindo durante todo ese tiempo.

Wednesday, March 9, 2011

Veinte años

Como todos los sábados mi mamá se paró temprano y fue al mercado. Ya yo no iba con ella, por que ella había decidido ir al mercado los martes también. Así que como no tenía que traer todo el fin de semana, ya no necesitaba ayuda. Ella regresó alredor de las nueve de la mañana y se puso, como siempre, a cocinar y a cantar las canciones viejas de Radio Tiempo.
Ese día en la casa estaba tambíen una tía que estudiaba medicina, mi papá y mi hermana. Todos estaban en los cuartos y yo en la sala terminaba un reporte del laboratorio de física de cuarto año (el que daba el loco de Perth, si es que se escribe así su apellido).
Cerca de las doce del día ya estaba la comida lista y mi mamá salió de la cocina y en frente de la mesa me dijo que no se sentía bien. Yo me paré y traté de agarrarla. Ella alcanzó a decir algo acerca de un dolor y se buscó con su mano derecha detrás de la nuca. Pude sostenerla en el aire, antes de que cayera.
Se formo el alboroto y yo busqué a los Vallejos (vecinos de al lado), por que eran los que tenían carro. Y a Paiva (mi mejor amigo de la infancia), por que era el único que podía cargarla siete pisos por la escalera.
Como no cabíamos en el carro. Paiva y yo nos fuimos a pie. Primero al Periférico de Catia, donde no estaba. Y después al Perez Carreño, donde ya la habían declarado muerta hacía un rato.
La señora Imelda se murió un sábado nueve de marzo, cerca de las doce del día, hace veinte años. Ese día, además del almuerzo hecho, nos dejo a mi hermana, a mi papá, y a mí con el descomunal lío de bandearnos sin ella. Cosa que todavía estamos aprendiendo.