El sábado pasado cumplí años. En mi vida he tenido dos tipos de cumpleaños: aquellos en que estuvo mi mamá y aquellos en que no. La razón es evidente. Mi nacimiento, que es celebrado como "cumpleaños", no fue un logro mío sino de ella (pudiésemos discutir que yo también jugué un papel, pero en realidad creo que ella hizo la mayor parte del trabajo). Así que las celebraciones de cumpleaños de la gente debería tener un lugar donde se diese mérito a la persona que en realidad es responsable de todo (y señores papás discúlpenme pero su participación no es tal como para homenajearlos fuera del día del padre).
Mi primer cumpleaños sin ella fue terrible. Llegué del liceo como alas 2:45 de la tarde y me senté en la mesa del comedor. Mi papá me sirvió una sopa (o lo que el denomina sopa) con un arroz y un pedazo de pollo a la plancha. Sin quitarme el uniforme empecé a comer con mi papá en la mesa. Y lloré mientras me comía la sopa. Mi papá no decía nada. Seguro se sentía como yo o peor. No terminé de comer y lo abracé llorando. No dijo nada, y también lloró. Desde entonces siempre me pasa en mis cumpleaños. Lloro, a solas y en silencio.
Feliz día para tí también.
Monday, October 20, 2008
Tuesday, August 19, 2008
Con usted, yo voy a donde me lleve
Mi papá siempre llegaba en la madrugada, como ya dije antes era mesonero. Estando yo bastante pequeño (menos de cinco), el se acercaba a la cama y me despertaba para que orinara en la vasinilla (si no sabes lo que es no te culpo). Eso me ahorraba tener que pasar por todo el trajín de haberme orinado en la cama; pues si, yo me orinaba en la cama aún después de haber dejado los pañales. Ese era el primer contacto del día con el. Luego no lo veía más hasta que yo llegaba del colegio, cuando después de su siesta, se levantaba a bañarse y a tomarse un café para irse otra vez a trabajar. Así que durante los días de semana el contacto que teníamos mi hermana y yo con el no era mucho (el tenía un día libre a la semana, pero eso es otra historia). La verdadera acción era durante los fines de semana.
A pesar de que mi padre tenía que seguir trabajando sábados y domingos, esos días se armaba de una energía que cualquier maratonista envidiaría. Desde la mañana, se cargaba una bicicleta (la de mi hermana), un triciclo (el mio), una pelota, el carrito de turno, una cantimplora roja con agua, a mi mismo en caballito y a mi hermana de la mano. Con toda ese cargamento y confiando en el sistema de transporte público, conocimos casi que todos los parques de Caracas: el Arístides Rojas, El Parque del Este, el Zoológico del Pinar, el parque de Vista Alegre, el Zoológico de Caricuao, y un parque que queda en el medio de Catia (como a cuatro cuadras del mercado) que no recuerdo cómo se llama. En ese mismo parque mi hermana se rompió la frente contra unos tubos y le agarraron unos puntos. ¡El lío que se ganó mi papá aquella vez!
A veces no íbamos para un parque, sino que subíamos a la montaña (Casalta III tenía todavía partes verdes, donde inclusive se podía ver algunos animales silvestres). Allí jugábamos fútbol, recogíamos piedras, descubríamos bichos, y jugábamos a campo abierto. Entre juegos mi papá trataba de explicar todo con la sabiduría que le había dado haberse criado en el campo,una vida entregada al catolicismo y los cuarenta mil oficios que ejerció (desde ayudante en una funeraria hasta soldado, pasando por heladero y barbero). Nos explicaba como todo había estado antes cubierto por agua y que por eso encontrábamos en las montañas rocas similares a la de los ríos. Identificaba los pájaros por el sonido que hacían.Señalaba plantas por su nombre y nos decía para qué tipo de dolencias eran buenas (de todas sólo recuerdo la mata de árnica que tiene una flor amarilla como el girasol y que sirve para los golpes). Nos aconsejaba desconfiar de los amigos como de las aguas mansas. Y entre nuestras brincaderas y pelotas nos dosificaba con gotas de sabiduría.
Envidio esa energía de mi papá. El nunca estaba cansado para jugar con nosotros. A pesar de que por su trabajo lo más seguro era que si estuviera. Mi papá ya tiene mas de 70 años, y todavía tiene esa motivación de andar con sus hijos. La última vez que le pedí que me acompañara a Mérida por carretera me dijo: “con usted, yo voy a donde me lleve”. Y con todo y sus loqueras (que por cierto, yo heredé) y su interminable verborrea (que también parece que me la heredó) la pasamos de lo mejor.
A pesar de que mi padre tenía que seguir trabajando sábados y domingos, esos días se armaba de una energía que cualquier maratonista envidiaría. Desde la mañana, se cargaba una bicicleta (la de mi hermana), un triciclo (el mio), una pelota, el carrito de turno, una cantimplora roja con agua, a mi mismo en caballito y a mi hermana de la mano. Con toda ese cargamento y confiando en el sistema de transporte público, conocimos casi que todos los parques de Caracas: el Arístides Rojas, El Parque del Este, el Zoológico del Pinar, el parque de Vista Alegre, el Zoológico de Caricuao, y un parque que queda en el medio de Catia (como a cuatro cuadras del mercado) que no recuerdo cómo se llama. En ese mismo parque mi hermana se rompió la frente contra unos tubos y le agarraron unos puntos. ¡El lío que se ganó mi papá aquella vez!
A veces no íbamos para un parque, sino que subíamos a la montaña (Casalta III tenía todavía partes verdes, donde inclusive se podía ver algunos animales silvestres). Allí jugábamos fútbol, recogíamos piedras, descubríamos bichos, y jugábamos a campo abierto. Entre juegos mi papá trataba de explicar todo con la sabiduría que le había dado haberse criado en el campo,una vida entregada al catolicismo y los cuarenta mil oficios que ejerció (desde ayudante en una funeraria hasta soldado, pasando por heladero y barbero). Nos explicaba como todo había estado antes cubierto por agua y que por eso encontrábamos en las montañas rocas similares a la de los ríos. Identificaba los pájaros por el sonido que hacían.Señalaba plantas por su nombre y nos decía para qué tipo de dolencias eran buenas (de todas sólo recuerdo la mata de árnica que tiene una flor amarilla como el girasol y que sirve para los golpes). Nos aconsejaba desconfiar de los amigos como de las aguas mansas. Y entre nuestras brincaderas y pelotas nos dosificaba con gotas de sabiduría.
Envidio esa energía de mi papá. El nunca estaba cansado para jugar con nosotros. A pesar de que por su trabajo lo más seguro era que si estuviera. Mi papá ya tiene mas de 70 años, y todavía tiene esa motivación de andar con sus hijos. La última vez que le pedí que me acompañara a Mérida por carretera me dijo: “con usted, yo voy a donde me lleve”. Y con todo y sus loqueras (que por cierto, yo heredé) y su interminable verborrea (que también parece que me la heredó) la pasamos de lo mejor.
Wednesday, June 18, 2008
La verdadera Blancanieves
Ciertamente no recuerdo la primera vez que la vi. Se que ella estuvo allí desde primer grado, pero sólo me percaté de su presencia en segundo. Sus padres tenían ascendencia de algún país andino, no se cual. Y debido a esto ella tenía unos ojos "achinados" que hacía un juego raro con su cabello larguísimo y oscuro. Casi toda primaria estuve “enamorado” de ella, de la forma que uno lo hacía cuando tenía menos de diez años y el “Loco y la Luna” era el éxito del momento. El recuerdo de un carnaval, donde ella se disfrazó de princesa (vestido rojo aterciopelado, corona, cetro y demás) puso en mi cabeza la imagen que Disney quiso recrear con todas las princesas de todos sus cuentos. Ella parecía de mentiras.
Ella también era de las más inteligentes del salón, de los seis años de primaria ella se llevaría al menos cuatro diplomas. Mi estrategia era entonces, ser de los mejores del salón para poderme ganar un puesto al lado de ella. Y que a ambos nos llamaran en el acto del final de año (una vez que cada grado y sección bailara las coreografías que cada maestra creaba y que muchas veces no tenían nada que ver con la música). Los dos subiríamos a la tarima y yo estaría cerca de ella sin ningún pretexto (hasta una foto nos pudiésen tomar). Nunca pasó, yo gané el diploma de tercer grado, pero ella no me acompañó por que ella estaba en otra sección.
Luego de los años de amores platónicos (unilaterales) del colegio, ambos pasamos al liceo. Ya entonces la atracción había pasado. Y quedamos como antiguos amigos del colegio (ahora que lo pienso - para ella yo fui siempre un amigo) que estando en diferente secciones ocasionalmente se saludaban.
El tiempo pasó. Pero un día en noveno año, supe que ella dejó de ir al liceo por problemas de salud. Ella no regresó al ITJO. Su enfermedad (de las que todavía burla a los médicos) se la llevó.
La recuerdo con un vestido blanco, aún preciosa.
Ella también era de las más inteligentes del salón, de los seis años de primaria ella se llevaría al menos cuatro diplomas. Mi estrategia era entonces, ser de los mejores del salón para poderme ganar un puesto al lado de ella. Y que a ambos nos llamaran en el acto del final de año (una vez que cada grado y sección bailara las coreografías que cada maestra creaba y que muchas veces no tenían nada que ver con la música). Los dos subiríamos a la tarima y yo estaría cerca de ella sin ningún pretexto (hasta una foto nos pudiésen tomar). Nunca pasó, yo gané el diploma de tercer grado, pero ella no me acompañó por que ella estaba en otra sección.
Luego de los años de amores platónicos (unilaterales) del colegio, ambos pasamos al liceo. Ya entonces la atracción había pasado. Y quedamos como antiguos amigos del colegio (ahora que lo pienso - para ella yo fui siempre un amigo) que estando en diferente secciones ocasionalmente se saludaban.
El tiempo pasó. Pero un día en noveno año, supe que ella dejó de ir al liceo por problemas de salud. Ella no regresó al ITJO. Su enfermedad (de las que todavía burla a los médicos) se la llevó.
La recuerdo con un vestido blanco, aún preciosa.
Tuesday, May 20, 2008
Bello I
***********
Una persona, del pequeño grupo que lee lo que escribo (de paso, gracias mil a ustedes), me recordó una obra de teatro que montamos en noveno año. Así que prometí escribir acerca de ello. Pero haciéndolo me encontré con que no se puede hablar de Romeo y Julieta sin hablar de Bello. Así que primero lo primero.
***********
Cursando octavo año (para los que no se acuerdan fue el mismo año del caracazo), llegó al salón el rumor de un profesor de Literatura de Noveno que estaba en lios con los representantes. Este profesor había dejado un lado lo de Doña Barbara, Las Lanzas Coloradas y demás novelas "escolarmente" aceptables. Decidiendo que sus alumnos leyeran "La Misteriosa Desaparición de la Marquesita de Loria" de José Donoso. Es posible que tanto alboroto lo haya causado partes del texto como las que donde se describía muy bien como alguien aprovechaba la soledad "...buscando el misterioso botoncito del placer una y otra vez con sus dedos diestros en esa materia" (no puedo imaginarme la cara de algunas mamás al saber que sus criaturas estaba leyendo estas narraciones).
El profesor no perdió su empleo (¡bravo ITJO!). Así que cuando pasé a noveno, ya me estaba preparando para leer algo que iba a causar conmoción en nuestras casas. Bello, que supongo era su apellido, era un profesor joven que vestía Blazers (era finales de los 80's) y que desde el primer día nos dijo que no ibamos a necesitar un libro de texto.
Resultó que el célebre profesor no nos mandó a leer ningún libro escandaloso, en cambio nos llevó al Teresa Carreño a ver ballet clásico. "Coppélia" se llamaba la obra. La historia era de una muñeca, Coppélia, que cobraba vida y bailaba (todos bailaban en esa obra). Coppélia estaba enamorada de alguien y no recuerdo si al final se quedó con el tipo o no. La obra era narrada al principio de cada acto, por una voz femenina que parecía de aeropuerto. Pero este profesor le estaba pidiendo mucha atención a alguien que todavía veía los Thundercats. Así que principalmente me concentraba en los vestidos ceñidos de las bailarinas y a encontrarle parecido a los panas con los bailarines para hacer las respectivas bromas. Debo confesar que ese fue mi primer, y hasta ahora último, contacto con ese tipo de arte (el de la danza).
Luego Bello nos puso de tarea ir al cine (cosa extremadamente rara en bachillerato). La película era Batman. La primera y para mí la mejor de todas. Donde Jack Nicholson hace del Guasón y todavía no existía Robin. Luego en clase, analizando la película, el profesor nos hablaba de las luces y los escenarios. Y de como el tono lúgubre de esa Ciudad Gótica contribuía con la parafernalía del encapuchado.
En esa clase de literatura, las pruebas trimestrales eran en hojas de examen (de recordarlas ya me da sensación de examen). No teníamos que memorizar nada. Solamente escribir una historia que ocupara las cuatro páginas y que incluyera los personajes que el indicaba (Batman y Coppélia eran una fija). El último proyecto fue lo de la obra de teatro, de la que yo fui partícipe. Pero eso lo contaré luego (seguro O.S.).
El profesor Bello era un rebelde con causa, atípico para un liceo en muchas formas. Creo que precisamente por eso era que encajaba tan bien en el nuestro. La verdad que no se que fue de él y a los que he preguntado tampoco lo saben. Espero esté bien y ya haya dejado de usar blazers de colores pasteles.
Una persona, del pequeño grupo que lee lo que escribo (de paso, gracias mil a ustedes), me recordó una obra de teatro que montamos en noveno año. Así que prometí escribir acerca de ello. Pero haciéndolo me encontré con que no se puede hablar de Romeo y Julieta sin hablar de Bello. Así que primero lo primero.
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Cursando octavo año (para los que no se acuerdan fue el mismo año del caracazo), llegó al salón el rumor de un profesor de Literatura de Noveno que estaba en lios con los representantes. Este profesor había dejado un lado lo de Doña Barbara, Las Lanzas Coloradas y demás novelas "escolarmente" aceptables. Decidiendo que sus alumnos leyeran "La Misteriosa Desaparición de la Marquesita de Loria" de José Donoso. Es posible que tanto alboroto lo haya causado partes del texto como las que donde se describía muy bien como alguien aprovechaba la soledad "...buscando el misterioso botoncito del placer una y otra vez con sus dedos diestros en esa materia" (no puedo imaginarme la cara de algunas mamás al saber que sus criaturas estaba leyendo estas narraciones).
El profesor no perdió su empleo (¡bravo ITJO!). Así que cuando pasé a noveno, ya me estaba preparando para leer algo que iba a causar conmoción en nuestras casas. Bello, que supongo era su apellido, era un profesor joven que vestía Blazers (era finales de los 80's) y que desde el primer día nos dijo que no ibamos a necesitar un libro de texto.
Resultó que el célebre profesor no nos mandó a leer ningún libro escandaloso, en cambio nos llevó al Teresa Carreño a ver ballet clásico. "Coppélia" se llamaba la obra. La historia era de una muñeca, Coppélia, que cobraba vida y bailaba (todos bailaban en esa obra). Coppélia estaba enamorada de alguien y no recuerdo si al final se quedó con el tipo o no. La obra era narrada al principio de cada acto, por una voz femenina que parecía de aeropuerto. Pero este profesor le estaba pidiendo mucha atención a alguien que todavía veía los Thundercats. Así que principalmente me concentraba en los vestidos ceñidos de las bailarinas y a encontrarle parecido a los panas con los bailarines para hacer las respectivas bromas. Debo confesar que ese fue mi primer, y hasta ahora último, contacto con ese tipo de arte (el de la danza).
Luego Bello nos puso de tarea ir al cine (cosa extremadamente rara en bachillerato). La película era Batman. La primera y para mí la mejor de todas. Donde Jack Nicholson hace del Guasón y todavía no existía Robin. Luego en clase, analizando la película, el profesor nos hablaba de las luces y los escenarios. Y de como el tono lúgubre de esa Ciudad Gótica contribuía con la parafernalía del encapuchado.
En esa clase de literatura, las pruebas trimestrales eran en hojas de examen (de recordarlas ya me da sensación de examen). No teníamos que memorizar nada. Solamente escribir una historia que ocupara las cuatro páginas y que incluyera los personajes que el indicaba (Batman y Coppélia eran una fija). El último proyecto fue lo de la obra de teatro, de la que yo fui partícipe. Pero eso lo contaré luego (seguro O.S.).
El profesor Bello era un rebelde con causa, atípico para un liceo en muchas formas. Creo que precisamente por eso era que encajaba tan bien en el nuestro. La verdad que no se que fue de él y a los que he preguntado tampoco lo saben. Espero esté bien y ya haya dejado de usar blazers de colores pasteles.
Tuesday, May 13, 2008
Mayonesa y aluminio
Antes de cerrar la última reja de la casa, para irme al colegio, sólo había una cosa que revisaba: que mis cuadernos del colegio se estuviesen calentando con la arepa recien hecha por mi mamá y que estuviese bien envuelta en papel aluminio.
La arepa era una forma de medir la economía familiar por esos días. Muchas veces, mi mamá rellenaba la arepa con mayonesa (si es posible llamarle a la mayonesa "relleno"), simplemente porque el queso Paisa no había alcanzado para toda la quincena. Entonces esos recreos eran algo así como sombríos. No es que la arepa con mayonesa sea mala, de hecho me encanta. Pero es que la mayonesa sufre un proceso degenerativo una vez que se calienta sobre la arepa. Cuando era hora de comérsela, la arepa además de fría parecía bañada en un aceite que lejanamente reflejaba el sabor de la auténtica mayonesa (valga la cuña). Y lo peor de todo, era que después el papel aluminio no servía para hacer pelotas (de las que las leyendas de entonces decían que le podían sacar un ojo a un niño).
Los días de queso Paisa eran normales. Por supuesto que la arepa estaba fría, pero el sabor de queso derretido encima tapaba lo desagradable de la temperatura. A veces me iba comiendo más arepa que queso y dejaba el queso para último, para disfrutarlo más. El papel aluminio de esas arepas era el propio. Se apelotonaba fácil y no dejaba las manos manchadas de grasa después.
Pero también estaban los días especiales. En los que mi mamá pasaba la arepa por posturas de gallina y después la freía. O la rellenaba con un guiso de pollo o carne mechada hecho en el caldero negro del año de la cataplum. Entonces daba lástima comerse la arepa, de lo sabrosa que estaba. Eran tan fácil de comer que no había que gastar los 1,50 en un refresco porque pasaba sola, a secas.
No recuerdo cuando fue que me comí la última arepa hecha por mi mamá, mucho menos si le dije algo después. Por eso cada vez que una señora me cocina una, esté como esté, me la como completa y dándole las gracias le digo lo sabrosa que le quedó. Si todavía te la hacen tí, regálale al menos eso a tu mamá, mira que las mejores arepas siempre serán las de ella.
La arepa era una forma de medir la economía familiar por esos días. Muchas veces, mi mamá rellenaba la arepa con mayonesa (si es posible llamarle a la mayonesa "relleno"), simplemente porque el queso Paisa no había alcanzado para toda la quincena. Entonces esos recreos eran algo así como sombríos. No es que la arepa con mayonesa sea mala, de hecho me encanta. Pero es que la mayonesa sufre un proceso degenerativo una vez que se calienta sobre la arepa. Cuando era hora de comérsela, la arepa además de fría parecía bañada en un aceite que lejanamente reflejaba el sabor de la auténtica mayonesa (valga la cuña). Y lo peor de todo, era que después el papel aluminio no servía para hacer pelotas (de las que las leyendas de entonces decían que le podían sacar un ojo a un niño).
Los días de queso Paisa eran normales. Por supuesto que la arepa estaba fría, pero el sabor de queso derretido encima tapaba lo desagradable de la temperatura. A veces me iba comiendo más arepa que queso y dejaba el queso para último, para disfrutarlo más. El papel aluminio de esas arepas era el propio. Se apelotonaba fácil y no dejaba las manos manchadas de grasa después.
Pero también estaban los días especiales. En los que mi mamá pasaba la arepa por posturas de gallina y después la freía. O la rellenaba con un guiso de pollo o carne mechada hecho en el caldero negro del año de la cataplum. Entonces daba lástima comerse la arepa, de lo sabrosa que estaba. Eran tan fácil de comer que no había que gastar los 1,50 en un refresco porque pasaba sola, a secas.
No recuerdo cuando fue que me comí la última arepa hecha por mi mamá, mucho menos si le dije algo después. Por eso cada vez que una señora me cocina una, esté como esté, me la como completa y dándole las gracias le digo lo sabrosa que le quedó. Si todavía te la hacen tí, regálale al menos eso a tu mamá, mira que las mejores arepas siempre serán las de ella.
Wednesday, May 7, 2008
El lugar secreto
El edificio de talleres del liceo albergaba las aulas de Dibujo Técnico, Electricidad y Contabilidad. Todas ellas se encontraban en el segundo piso (con excepción del taller de electricidad de noveno que se encontraba en la planta baja, justo en frente de la cancha de volleyball) . Lo curioso era que nadie sabía (o por lo menos yo no), qué había en el primer piso. Al subir las escaleras, que empezaban justo al lado de la oficina del director, sólo podía verse el descanso que correspondía al primer piso y unas rejas a la derecha que siempre estaban abiertas. Pero no había iluminación ni ventanas en esa parte del edificio, así que lo que las rejas estaba resguardando no era muy obvio.
Si uno se atrevía a explorar, encontraba que esas rejas daban paso a un pasillo largo que terminaba en unas puertas grandes, de madera. Y a mano derecha de esa entrada estaba un pequeño pasillo que bien podía parecer una entrada secreta (por el polvo y por la oscuridad). Ese desvío conducía a un par de pequeñas puertas que siempre estaban cerradas, y que al parecer nunca habían sido abiertas. Frente a esas puertas y estando en octavo grado dí (o me fue dado, nunca lo sabré) lo que yo creo fue mi primer beso.
Es lo que yo creo fue mi primer beso, por que bajo ciertos patrones lo que ocurrió allí no pudiese ser considerado ni siquiera un mal abrazo. Las razones: No se podía ver nada (cosa necesaria cuando no se sabe lo que se está haciendo), era peligroso (a esa edad casi que cualquier contacto con el sexo opuesto lo era), y además no tenía tiempo (fue durante el segundo recreo de diez minutos).
De todas formas para efectos de mis memorias siempre he considerado esa mi entrada al mundo de las expresiones afectivas con gente que no es familia de uno (osea lo de las primas no vale). Y siempre el momento lo he utilizado para recordarme que no en todas las ocasiones las primeras impresiones son importantes.
Si uno se atrevía a explorar, encontraba que esas rejas daban paso a un pasillo largo que terminaba en unas puertas grandes, de madera. Y a mano derecha de esa entrada estaba un pequeño pasillo que bien podía parecer una entrada secreta (por el polvo y por la oscuridad). Ese desvío conducía a un par de pequeñas puertas que siempre estaban cerradas, y que al parecer nunca habían sido abiertas. Frente a esas puertas y estando en octavo grado dí (o me fue dado, nunca lo sabré) lo que yo creo fue mi primer beso.
Es lo que yo creo fue mi primer beso, por que bajo ciertos patrones lo que ocurrió allí no pudiese ser considerado ni siquiera un mal abrazo. Las razones: No se podía ver nada (cosa necesaria cuando no se sabe lo que se está haciendo), era peligroso (a esa edad casi que cualquier contacto con el sexo opuesto lo era), y además no tenía tiempo (fue durante el segundo recreo de diez minutos).
De todas formas para efectos de mis memorias siempre he considerado esa mi entrada al mundo de las expresiones afectivas con gente que no es familia de uno (osea lo de las primas no vale). Y siempre el momento lo he utilizado para recordarme que no en todas las ocasiones las primeras impresiones son importantes.
Sunday, April 20, 2008
La Directora
Para alguien que gracias a su estatura siempre estuvo de primero en todas las formaciones del colegio, la autoridad que ejercía la directora del plantel se veía reforzada por los casi dos metros que ella medía. Ella disciplinaba, sin necesidad de gritar o utilizar la fuerza con una efectividad que cualquier militar envidiaría. Cuando cualquier maestra o maestro mencionaba la Directora como recurso para solventar un problema, la bandera blanca ondeaba inmediatamente del lado nuestro sin más negociación.
La mayoría de nosotros sólo queríamos escuchar la voz de la directora cada Lunes, a través del parlante de la dirección, diciendo:
"Los alumnos que izarán la Bandera por haberse destacado en disciplina y rendimiento son: Juliana González y Gilberto Contreras"
Se sentía un fresco al imaginarse que la directora se encontraba en una oficina y que nuestro contacto con ella iba a estar limitado a solamente al primer día de la semana. Cuando se dirigiría a nosotros para hacernos saber quienes eran esos niños, que muertos de miedo estaban izando una Bandera con estrellas por dientes. Que parecía reírse mientra era izada al revés y nosotros desde la formación no aguantábamos las risas. Esos lunes eran llamados "Lunes Cívicos". Donde además de los dos chicos izando la Bandera, una sección del Colegio sacrificaba otros cinco niños. Quienes leían con una voz temblorosa, notas históricas mientras la Directora sostenía el micrófono.
En los recreos siempre un valiente que había sobrevivido una visita a la dirección contaba sus experiencias. De cómo habían sido tratados en aquella oficina. O cómo sus representantes citados. Aquellos más osados describían como se firmaba el libro de vida. El libro de vida, que yo imaginaba como un documento que la policía entregaba a la escuela por los seis años de primaría. Y que luego sería entregado al liceo y a cualquier consecuente institución de la que uno fuera a formar parte (todavía hoy tengo teorías conspirativas acerca la verdadera naturaleza de aquel libro).
Mientras iba avanzando en el colegio, fueron más seguidos mis contactos con la Directora. Entonces resultó ser que mis miedos, como todo terror infantil, se trataba de exageraciones sin ninguna base real. Con el tiempo, su disciplina venía a formar parte de su personalidad y uno se acostumbraba. Ya en el liceo perdí todo contacto con ella. Y no fue hasta al recibir mi título de Bachiller, cuando la Directora del Colegio fue una de la personas que estrechó mi mano. Fue todo un orgullo ser reconocido por aquella persona cuya voz todavía considero como un paradigma de la disciplina.
La mayoría de nosotros sólo queríamos escuchar la voz de la directora cada Lunes, a través del parlante de la dirección, diciendo:
"Los alumnos que izarán la Bandera por haberse destacado en disciplina y rendimiento son: Juliana González y Gilberto Contreras"
Se sentía un fresco al imaginarse que la directora se encontraba en una oficina y que nuestro contacto con ella iba a estar limitado a solamente al primer día de la semana. Cuando se dirigiría a nosotros para hacernos saber quienes eran esos niños, que muertos de miedo estaban izando una Bandera con estrellas por dientes. Que parecía reírse mientra era izada al revés y nosotros desde la formación no aguantábamos las risas. Esos lunes eran llamados "Lunes Cívicos". Donde además de los dos chicos izando la Bandera, una sección del Colegio sacrificaba otros cinco niños. Quienes leían con una voz temblorosa, notas históricas mientras la Directora sostenía el micrófono.
En los recreos siempre un valiente que había sobrevivido una visita a la dirección contaba sus experiencias. De cómo habían sido tratados en aquella oficina. O cómo sus representantes citados. Aquellos más osados describían como se firmaba el libro de vida. El libro de vida, que yo imaginaba como un documento que la policía entregaba a la escuela por los seis años de primaría. Y que luego sería entregado al liceo y a cualquier consecuente institución de la que uno fuera a formar parte (todavía hoy tengo teorías conspirativas acerca la verdadera naturaleza de aquel libro).
Mientras iba avanzando en el colegio, fueron más seguidos mis contactos con la Directora. Entonces resultó ser que mis miedos, como todo terror infantil, se trataba de exageraciones sin ninguna base real. Con el tiempo, su disciplina venía a formar parte de su personalidad y uno se acostumbraba. Ya en el liceo perdí todo contacto con ella. Y no fue hasta al recibir mi título de Bachiller, cuando la Directora del Colegio fue una de la personas que estrechó mi mano. Fue todo un orgullo ser reconocido por aquella persona cuya voz todavía considero como un paradigma de la disciplina.
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