Wednesday, March 9, 2011

Veinte años

Como todos los sábados mi mamá se paró temprano y fue al mercado. Ya yo no iba con ella, por que ella había decidido ir al mercado los martes también. Así que como no tenía que traer todo el fin de semana, ya no necesitaba ayuda. Ella regresó alredor de las nueve de la mañana y se puso, como siempre, a cocinar y a cantar las canciones viejas de Radio Tiempo.
Ese día en la casa estaba tambíen una tía que estudiaba medicina, mi papá y mi hermana. Todos estaban en los cuartos y yo en la sala terminaba un reporte del laboratorio de física de cuarto año (el que daba el loco de Perth, si es que se escribe así su apellido).
Cerca de las doce del día ya estaba la comida lista y mi mamá salió de la cocina y en frente de la mesa me dijo que no se sentía bien. Yo me paré y traté de agarrarla. Ella alcanzó a decir algo acerca de un dolor y se buscó con su mano derecha detrás de la nuca. Pude sostenerla en el aire, antes de que cayera.
Se formo el alboroto y yo busqué a los Vallejos (vecinos de al lado), por que eran los que tenían carro. Y a Paiva (mi mejor amigo de la infancia), por que era el único que podía cargarla siete pisos por la escalera.
Como no cabíamos en el carro. Paiva y yo nos fuimos a pie. Primero al Periférico de Catia, donde no estaba. Y después al Perez Carreño, donde ya la habían declarado muerta hacía un rato.
La señora Imelda se murió un sábado nueve de marzo, cerca de las doce del día, hace veinte años. Ese día, además del almuerzo hecho, nos dejo a mi hermana, a mi papá, y a mí con el descomunal lío de bandearnos sin ella. Cosa que todavía estamos aprendiendo.

Thursday, February 10, 2011

La Biblias

La Biblia (o la palabra de Dios, como dice mi papá) estaba a la izquierda de la puerta. Encima del ceibó, sobre una carpetica tejida blanca. Abierta en un versículo que nadie sabia quien lo escogió y que al parecer tampoco nadie acostumbraba a leer. La función de este libro, sagrado para muchos, era de repotenciar nuestra fé antes de salir de la casa. Mi papá nos enseño a tocarla y después persignarnos antes de salir (al parecer los poderes celestiales de dicho material impreso se transmite por medio del tacto). Y así estábamos protegidos del "maligno" (que yo me lo imaginaba con cara de malandro y pistola). Ese compendio de historias también servía para localizar las llaves. Por que siempre que se preguntaba: Donde están las llaves? Alguien respondía: búsquelas por la Biblia.
Entre las muchas Biblias en la casa (porque había bastantes, sin incluir los catequismos y todos esos libros de primera comunión), había una especial. Fue un regalo de bodas a mis papás (si, había gente antes que las regalaba en las bodas). Era inmensa. De bordes dorados, de papel tipo enciclopedia, y figuras a todo color. Era impresionantemente grande y pesada. Se sacaba de su caja sólo en ocasiones especiales (semana santa), y después se guardaba con toda la parafernalia. A mi me encantaba ver las figuras (algunas de ella medio tenebrosas).
Entre los muchos proyectos que tengo, quiero leer la Biblia de Pe a Pa. He leído bastante de ella (doce años con Jesuitas no pasan en vano). Pero últimamente sólo uso lo que sé para sembrar dudas en los incautos que tocan a mi puerta para tratar de venderme lo del paraiso. De repente si la leo toda termino yo vendiéndole el paraiso a otros (o me vuelvo loco como decía mi tía Isabel).

Sunday, January 2, 2011

Carlin

Mucha gente me toma por antipático. Yo creo que es por que se me hace fácil buscar el lado jocoso de cualquier cosa. Claro que algunas veces uso esa facilidad para hacer rabiar a los demás, pero la mayoría de las veces lo hago para hacerlos reir.
Mi tio Carlín, el hermano favorito de mi mamá, podía hacer reir al más serio. Mi mamá se emocionaba mucho cuando la visitaba, y podía durar con el horas hablando y riéndose. El hacía mofa de sus hermanos, de los políticos, del sexo, de las tragedias, de los muertos y de los vivos. Mi tío Carlín se burlaba de todos, inclusive de el mismo, y mi mamá -como cualquiera de sus hermanos- simplemente la pasaba de lo mejor con el.
Entonces ahora entiendo ese aspecto de mi manera de ser (eso de psicoanálisis no es sólo cosa de psicoanalistas). Yo quisiera hacer reir a mi mamá, pero no puedo. Así que trato de hacer reir a los demás. Es lo más cercano a mi motivo final: yo quiero hacer reir como lo hacía mi tio Carlin.
Mi tio Carlin hechó su última broma el año pasado, justo el 31 de Diciembre. Sin mucho preámbulo y gracias a la herencia de mi abuelo (que no fueron vacas ni terrenos sino hipertensión y patologías cardíacas) murió temprano en la madrugada. Todos mis tios y tias entonces se reunieron como siempre lo hacían para recibir el año. Lloraron a mi tio, luego brindaron por él, y lo más seguro es que después se rieron de alguna de sus ocurrencias.

Sunday, December 19, 2010

Bombero

El bachillerato con Jesuitas no solamente afianzó mi creencia en no creer, sino que hizo de caracter obligatorio en mi vida lo de ayudar a los demás (las dos enseñanzas se las agradezco infinitamente). Así que estando en la universidad, la que queda en Sartenejas, me hice Bombero voluntario. Los bomberos me costaron un poco de cosas. Perdí Matemática 5 (la de integrales en el espacio), y por ende perdí la beca de Funda Ayacucho . Mi papá siempre andaba malhumorado por mí durmiendo fuera de la casa cada dos días, pues las guardias eran 24x48. Llegaba a las clases semi dormido, y muchas veces saltaba de un "servicio" en una guardia para montarme en un autobús e ir para la universidad.
No me gradué en el tiempo que debía, ni tampoco con el promedio. Pero soy Bombero y doy gracias por ello.
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Thursday, September 23, 2010

Pasillos de Casalta

El edificio tenia 20 pisos, y cada piso ocho apartamentos. Eso hace 160 familias en total. De todas ellas, sólo un pequeño porcentaje pagaba condominio. Ciertamente mi papá siempre andaba pendiente para que nosotros fuéramos parte de esa minoría, aunque despotricaba todo el tiempo de que el era un "pendejo" por pagar mientras los otros no lo hacían.
Lo que sucedía de vez en cuando era que el condominio no tenía dinero suficiente para pagar la electricidad del edificio. Así que la luz de los pasillos, el ascensor, y la bomba de agua no funcionaban. Eramos entonces un grupo de familias que podían ser usadas en una película de esas apocalípticas (pensándolo bien, sólo faltaban los zombies). Mi mamá andaba pendiente que todo las diligencias se hicieran antes de las seis de la tarde. Cada quien en la casa tenía una linterna asignada y era recomendable siempre salir en grupos (mi papá tenía la mejor linterna, de las que tenían dos botones: uno de metal y un botoncito rojo que servía para prender la cosa de una). Si se iba a bajar (de ese piso siete donde vivíamos), uno se paraba en la puerta con la linterna a esperar. Se esperaba que alguien conocido estuviése bajando por la escalera y rápidamente se unía uno a la procesión. Al parecer el miedo cuando se comparte, disminuye su efecto.
De verdad que uno bajaba no solamente con el corazón en la boca, sino con todo el sistema circulatorio. Ya salir de noche no era tan seguro, ahora imagínense sin luz. Así que había una especie de camaradería entre aquellos que subían y los que bajaban, algo así como lo que debieron sentir en la edad media los que viajaban en caminos boscosos sin ningún tipo de iluminación. Cuando uno se encontraba a alguien, rápidamente decía "Buenas Noches", no tanto para ser educado sino para forzar a la otra persona a responder y saber si era "conocido". A veces alguien abría una puerta en uno de los pisos y un rayo de luz iluminaba los pasillos, uno medio se alegraba por que también salía una bulla que eliminaba el silencio y la soledad de las escaleras sin luz. Pero la alegría duraba poco. Muchas veces te sorprendían un grupo de muchachos bajando gritando, sólo por molestar y asustar (y los dos objetivos, por lo menos en mi caso, eran alcanzados).
Creo que de esas caminatas por escaleras oscuras me quedo el gusto por las linternas. Si me preguntan cuantas tengo en la casa, no sabría decir el número. Pero cuando lo pienso bien creo que son muy pocas.

Friday, July 30, 2010

CCPP

Se podía ir a dos salas distintas de cine y después comerse una hamburguesa en Tropi-Burger. Se podía ir a Dorsay (que como Dorsay no hay) y después comprar jabón en Sarela. Se podía ir a Finalven para sacar dinero y depositarlo en el Consolidado. Se podía comprar material para cerámica en Secoflores y despues comprar los libros para el colegio en la Libreria de Nacho. Se podia curucutear en tiendas de electrónicos que vendían todo tipo de aparatos y además alquilaban películas (Beta y VHS). Se podía subir y bajar en cualquiera de las 16 escaleras mecánicas que habían (o de repente más). Se podía comprar muebles de Rattan (gracias al cielo pasaron de moda) y además unos zapatos Lucas en la tienda Rex. Podías visitar un Sears (para los que no lo sabían, si había un Sears). Comprar comida en CADA (cuando era tan limpio que parecía de mentiras) o solamente disfrutar viendo a los cargabolsas bajar los carritos por los tres pisos de rampa. Te podías cortar el pelo, comer un helado, jugar "maquinitas", comer un golfeado, sacar la cédula, sacar la licencia,incluso una muela o una radiografía (había varios consultorias de dentistas y médicos).

El Centro Comercial Pro Patria, era uno de los centros comerciales más modernos para su época. Cuatro niveles de estacionamiento, ascensores para carros, su propia planta de tratamiento de aguas residuales,y hasta obras de arte en algunos de los lugares comunes. Lo siento "Sambiles" pero no son nada nuevo bajo el cielo.

Sunday, June 20, 2010

Familia

Cada vez que pienso en mi "familia" termino pensando en un montón de gente. Es una lista que crece sin darme cuenta y que a veces me parece injusto no meter a todo el mundo.
Estando todavía en el liceo, una señora estuvo viviendo en la casa porque su hija necesitaba un tratamiento médico en Caracas. Ella y su hija se quedaron en Casalta por un tiempo más bien largo, y nuestra relación creció de tal manera que somos familia sin serlo. Ella estuvo conmigo y mi hermana durante un tiempo de nuestra adolescencia donde hacía falta una señora que lo recibiése a uno con una sonrisa y lo viera a uno comer lo que se había recién cocinado.
Esa señora nos quiere como sus hijos y yo la trato como una de mis madres. Y cada vez que tengo la oportunidad de hablar con ella por teléfono, gasta todas las bendiciones que le tocaban ese día en mí. Ella es de los andes. Con un brazo fuerte para abrazar y para zarandear (porque también sabe regañar). Así que la Señora Flor es otra de mis mamás (al parecer existe un comando paramaternal que auxilia aquellos que nos quedamos sin madre a temprana edad).
Pero como siempre, hay malas noticias. Su hijo menor, el último de cuatro y sólo tres años menor que yo, murió hace poco.
Para bien o para mal, veo la muerte con la indiferencia del que por experiencia conoce que ese estado toca sin remedio y que no es justo o injusto sino sólo otra cosa más que pasa. Pero no puedo evitar pensar en la Señora Flor y su dolor. Simplemente, ningún padre debería sobrevivir a sus hijos.